Primero los colores, luego los humanos. Así es como me acostumbro a ver las cosas.
O al menos, así intento verlas.
Un pequeño detalle:
Morirás.
Sinceramente, me esfuerzo por tratar el tema con tranquilidad, pero a casi todo el mundo le cuesta creerme, por más que yo proteste. Por favor, confía en mí. Puedo ser alegre. Amable, agradable, afable...y eso son sólo las palabras que empiezan con «a». Pero no me pidas que sea simpática, la simpatía no va conmigo.
¿Te preocupa morir?
Insisto: no tengas miedo.
Si hay algo que me distingue es que soy justa.
Por supuesto, una introducción, un comienzo. ¿Qué habrá sido de mis modales?
Podría presentarme como es debido, pero la verdad, no es necesario. Pronto me conocerás como es debido, todo depende de una combinación de variables.
Por ahora basta con decir que tarde o temprano, apareceré ante ti con la mayor cordialidad. Tomaré tú alma en mis manos, un color se posará sobre mi hombro y te llevaré conmigo con suma delicadeza.
Cuando llegue el momento te encontraré tumbado (pocas veces encuentro a la gente de pie) y tendrás el cuerpo rígido. Esto tal vez te sorprenda: un grito dejará su rastro en el aire. Después sólo mire mi propia respiración y el olor, y mis pasos. Casi siempre consigo salir ilesa.
Encuentro un color, aspiro el cielo. Me ayuda a relajarme.
A veces, sin embargo no es tan fácil y me veo arrastraba hacia los supervivientes, que siempre se llevan la peor parte. Los observo mientras andan tropezando en la nueva situación, la desesperación, y la sorpresa.
Sus corazones están heridos, sus pulmones dañados.
Lo que a su vez me lleva al tema del que estoy hablándote esta noche, o esta tarde, o la hora que sea. Es la historia de uno de esos perpetuos supervivientes, una chica menuda que sabía muy bien qué significaba la palabra abandono.
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